Quizá por esa tensión acumulada en los días previos, el grupo salió enrabietado. Encadenó cinco canciones al estilo ramoniano, sin tiempo para tomarse un respiro. Rubén, cazadora granate de cuero; Leiva, chaqueta negra. Los dos, faltaría más, pantalones pitillo, esta vez azules. El extraordinario valor de Pereza es que ha sabido escuchar a sus mayores (Burning, Loquillo, Los Rodríguez, Sabina) y tomar nota. Ahora, esos maestros (a excepción de Sabina) no llenarían Las Ventas ni regalando las entradas. Y los Pereza están aquí, paseando su chulería barrial y sus poses a lo Keith Richards, respetando a sus mayores, pero reclamando un hueco en la historia del rock español.
Y Rubén y Leiva, demostrando que se puede tocar ante 15.000 adolescentes sin renunciar al prurito de autenticidad rockera. Cuando acabó el concierto, el grupo se fue a celebrarlo a Siroco, la pequeña sala madrileña (200 personas) donde empezaron. Honestos chavales de barrio.
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